jueves 29 de octubre de 2009

El autoengaño nos corroe

Como la oxidación, pasa desapercibida pero eventualmente hace mella en el candado hasta romperlo.
Pareces un veneno digno de mafioso, sigiloso, pero que al final cumple el objetivo de ahogar en la nada los gritos desesperados y en busca de socorro del enemigo. El único pero es que no me silencias, al contrario, me haces ir más a la carga, a sabiendas de que todo es en vano, de que las cartas ya están echadas y el futuro no promete más que sinsabores y tonos grises.
Van quedando heridas, de esas que laten cuando se acerca quien las hizo, porque esa persona dejó sin saberlo una parte suya en la ahora cicatriz. No hay remedio contra eso más que el olvidar.
Pero olvidar es muy difícil, diría que hasta imposible si se vive el momento con intensidad. Aún recuerdo grandes alegrías y decepciones de antaño, precisamente porque las viví al son de una batería, de forma vigorosa y estridente.
Y creo que más que otros, a mí sí que me cuesta olvidar lo malo, por lo mismo sigo cayendo una y otra vez en la misma trampa, atrapado como mosca ingenua en la telaraña habiendo visto a su creadora y sido amenazada por ella. Un simple autoengaño que dura el resto de su vida.
Qué tontos somos.