domingo 17 de agosto de 2008

Gloria, corazón y una raqueta

Me permito salir de la típica línea de este espacio para hablar de "Mano de Piedra", Fernando González. Me tapó la boca de una manera genial: llegando a una final olímpica luego de que su tobillo y Mardy Fish se lo impidieran en Atenas hace cuatro años. Y me la tapó porque al comenzar la cita cumbre del deporte, mi postura era clara: Chile no obtendría medallas en el tenis porque los monstruos Federer, Nadal y Djokovic eran de temer, además del pobre cometido de Massú en su intento por volver a la élite de la ATP y lo irregular de la campaña en cemente del oriundo de La Reina.
Pasito a paso, llegando hasta un salto gigantesco, Fernando tuvo claro desde un principio que podía hacer historia, más de la que ya ha construído.
Perder en los dobles debió ser un golpe durísimo, de estar en el olimpo ateniense pasó a ser una simple leyenda, por lo que no habría sido raro que mostrara una desmotivación en los individuales que lo condujera a caer ante un rival menor. Pero no ocurrió.
Semifinal. James Blake, el afroamericano número 7 del mundo en frente. Las estadísticas estaban del lado de González, pero esos datos nunca tienen importancia en el duelo mismo. En un duelo de altísimo vuelo y cargado de morbo, afloró ese espíritu heróico. Como si quisiera emular Fernando a los antiguos griegos, los que competían para honrar a sus dioses y terminaban conquistando la gloria y el honor, su temida derecha afloró y demolió, literalmente (pelotazo en la cabeza incluido), al norteamericano.
Ya estaba todo listo, el santiaguino lloraba de alegría porque se tomaba la revancha que espero tanto tiempo. Ya todos aquí en Chile estaban felices, una medalla se acababa de asegurar y eso, para un pueblo tan desconocedor de triunfos monumentales, es impagable.
Pero no, si está la posibilidad de ser aún más héroe, con un oro olímpico, hay que jugársela. Lamentablemente al frente se encontraba Rafael Nadal, el que corre a todas las pelotas como si de ello dependiera su vida y que gracias a ello es el nuevo número uno del mundo. Y perdió Fernando.
¡Pero no hay que entristecerse! Estar una vez más en el podio frente a las miradas de todo el mundo es motivo de orgullo. Da lo mismo que sea bronce, plata u oro si se luchó fervientemente, porque siempre habrá alguien mejor que uno y en este caso así fue y estuvo justo en frente.
Por tanto, debiéramos estar todos en Plaza Italia celebrando, porque el fin del mundo brilla hasta en las milenarias tierras orientales, los dragones y las pagodas han visto la estrella solitaria teñida de blanco, rojo y azul y no la podrán olvidar.
Gracias y felicitaciones Fernando, has alcanzado la gloria con unas cuantas raquetas, tenidas deportivas, bebidas energéticas y el corazón de un chileno que quería decir presente.